CON EL REGALIZ MARI ÁNGELES ALONSO NOS ENDULZA LA MAÑANA
12 de marzo de 2026
Mari Ángeles Alonso, nuestra botánica de cabecera, hoy nos ha sorprendido. No ha venido vestida de nada… bueno, entiéndanme: no ha traído ninguna de sus habituales referencias vegetales encima. Y claro, nos ha llamado la atención, porque normalmente aparece convertida en una especie de jardín ambulante.
Pero que nadie se confíe: la naturaleza la lleva por dentro.
Hoy la protagonista ha sido el regaliz, o “regalicia”, como lo llamamos por aquí. En cuanto lo ha mencionado me ha transportado directamente a la infancia, cuando salíamos a buscar esa raíz que luego pasábamos horas masticando. La planta en cuestión se llama Glycyrrhiza glabra, nombre que suena a conjuro de Harry Potter pero que en realidad es el regaliz de toda la vida.
Y atención al dato curioso: aunque no lo parezca, pertenece a la familia de las leguminosas, la misma de los garbanzos, las judías o las lentejas. Por eso tiene las hojas divididas en pequeños foliolos.
Esta planta necesita suelos húmedos, así que suele crecer cerca de acequias y zonas con agua. Puede alcanzar alrededor de un metro de altura, es perenne y algo leñosa, y su raíz tiene un sabor dulce que es hasta 50 veces más intenso que el azúcar. Vamos, que la naturaleza aquí se vino arriba con el edulcorante.
Originaria de la zona mediterránea europea, el regaliz se ha utilizado tradicionalmente en la medicina popular: para aliviar el dolor de garganta, ayudar a la digestión e incluso como apoyo en algunos tratamientos relacionados con el papiloma humano. Y para que vean que la cosa viene de lejos, se han encontrado restos de regaliz en la tumba de Tutankamón. O sea, que ya en el antiguo Egipto sabían lo que se hacían.
Eso sí, tampoco conviene abusar: consumir demasiado regaliz puede aumentar la tensión arterial.
Y aquí llegó el momento curioso de la mañana. Resulta que el regaliz es un alimento polarizante: o te encanta o no lo soportas. Nada de medias tintas. Según nos explicó Mari Ángeles, esto puede estar relacionado con un gen llamado TAS2R, que influye en cómo percibimos ciertos sabores.
Así que nos hizo un pequeño juego para comprobar de qué lado estábamos.
Después de jugar, aprender y divulgar, que viene siendo el orden natural de las cosas cuando aparece nuestra botánica de cabecera, escuchamos tres canciones… y nos fuimos a masticar un trocito de “regalicia”, como cuando éramos pequeños.
Porque a veces la ciencia también sabe a infancia.