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DE FLOR EN FLOR CON MARI ÁNGELES ALONSO EL MADROÑO

25 de septiembre de 2025
A María Ángeles Alonso le encanta el otoño. Es su estación favorita. La llegada de los tonos ocres, marrones y rojizos en la naturaleza despierta en ella una especie de nostalgia serena. Si tiene que elegir un lugar donde disfrutar de este espectáculo natural, no duda en señalar dos enclaves: la mágica Font Roja, en Alcoy, y la siempre sorprendente Sierra de Salinas.
Precisamente en esta última, donde el monte aún guarda rincones de belleza intacta, hoy nos propone conocer un árbol especial: el madroño. Un habitante clásico del bosque mediterráneo, que resiste el paso del tiempo y de las estaciones con una discreción que roza lo poético. El madroño (Arbutus unedo) no pierde sus hojas en otoño como otros árboles. Permanece verde, como si se negara a ceder ante la melancolía estacional. Pero lo que lo hace verdaderamente llamativo en esta época son sus frutos: bolitas de un rojo intenso, sin hueso, dulces al paladar y visualmente irresistibles. Sin embargo, hay que tener cuidado. Los frutos del madroño fermentan directamente en el árbol. Esto significa que, en ciertas condiciones, pueden contener pequeñas cantidades de etanol. No en vano, el naturalista romano Plinio el Viejo ya advertía en su obra Historia Natural sobre sus efectos: “Unum tantum ede”, o lo que es lo mismo, “come solo uno”. No es una exageración: si alguien se excede, podría incluso dar positivo en un control de alcoholemia. Una curiosidad botánica que, a su manera, nos recuerda que la naturaleza tiene sus reglas y sus advertencias. Pero no todo es idilio en este paseo otoñal. María Ángeles se entristece al hablar del avance de las macroplantas solares en la Sierra de Salinas, una amenaza creciente para el equilibrio ecológico de la zona. Allí donde hoy brotan madroños y se escuchan los sonidos del bosque, podrían pronto alzarse estructuras metálicas que cambien para siempre el paisaje. En tiempos de cambio climático, es vital apostar por energías limpias. Pero también lo es hacerlo con cabeza, respetando los ecosistemas que aún conservan su riqueza y biodiversidad. Porque, como demuestra el madroño, hay belleza y vida en cada rincón del monte. Y esa vida merece ser protegida.

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