ENTRE FÁRMACOS Y DESPEDIDAS, LA FARMACÉUTICA QUE MAQUILLABA A LOS MUERTOS
10 de noviembre de 2025
Anna Jover es farmacéutica, pero su trayectoria profesional ha ido más allá del mostrador de una botica. Durante varios años trabajó como tanatopractora, una profesión tan desconocida como esencial, dedicada a preparar y conservar los cuerpos de las personas fallecidas para su velatorio y último adiós.
Lejos de lo que muchos podrían pensar, Anna describe aquel trabajo como relajado y tranquilo. “Siempre me ha atraído la muerte y todo lo que la rodea”, confiesa. Su interés por estos temas no surgió de la nada: durante la carrera de Farmacia ya realizaba prácticas con cadáveres, por lo que la visión del cuerpo humano sin vida nunca le resultó perturbadora.
Su tarea consistía principalmente en maquillar a los difuntos, devolverles un aspecto sereno y, en la medida de lo posible, familiar. “A veces nos daban una foto del fallecido para intentar dejarlo lo más parecido posible a como era en vida”, explica. En ese gesto final hay una mezcla de ciencia y ternura: técnicas de conservación, precisión estética y una sensibilidad especial hacia el duelo ajeno.
Las noches en el tanatorio solían ser tranquilas. Anna recuerda que el silencio se mezclaba con la música que ponían en la sala de trabajo: ella prefería una emisora de rock, mientras que algunos compañeros optaban por el reguetón. Eran contrastes que aligeraban la rutina nocturna, donde las horas parecían detenerse.
El trabajo, sin embargo, no se limitaba a maquillar. El equipo debía recoger el cadáver donde estuviera —fuera la hora que fuera y en las condiciones que fuera—, y encargarse de dejarlo en el mejor estado posible para que sus familiares pudieran despedirse con paz.
Entre tubos de formol, pinceles y guitarras eléctricas sonando de fondo, Anna Jover encontró en la tanatopraxia una forma serena de enfrentarse a la muerte, con respeto, precisión y calma.