La novela de Del Árbol despliega un juego temporal entre pasado, presente y futuro que no solo articula la narración, sino que ofrece respiros ante el dramatismo de escenas terribles: torturas, raptos de niños, fanatismo religioso, explotación de mujeres, y una constante tensión. Lo estremecedor del relato no reside únicamente en su trama, sino en que muchos de los hechos y personajes, como Kony o el propio LRA, no pertenecen a la ficción: están tomados de una realidad que sigue latiendo con fuerza en la historia reciente del continente africano.