«LA QUE MANDA» UNA HISTORIA ENTRE LA DANA, LA UME Y LA ESPERANZA
29 de septiembre de 2025
Esta mañana, los vecinos de la conocida como zona cero de la DANA han vuelto a despertar con un pitido desagradable y familiar. Es la misma alarma que sonó el pasado 29 de octubre, cuando la gota fría arrasó parte del levante español. Entonces sonó tarde, pero sonó. Hoy, aunque todo parece más controlado —la Rambla del Poyo apenas lleva un hilo de agua—, el recuerdo está muy vivo.
Hemos hablado con Natalia Climent, vecina de Paiporta, aunque muy vinculada a Villena, de donde es su marido. Allí, sus hijas Marina, de 4 años, y Claudia, de 10, han pasado el último curso escolar, buscando un entorno más natural. Ambas estuvieron en el colegio Joaquín María López, donde se despidieron el último día de clase con una lectura de agradecimiento y una camiseta que decía: “Gracias Joaquín María López»
Pero durante los peores momentos de la DANA, vivió en primera línea la emergencia en Paiporta. Junto a un sargento de la UME, colaboró en el desalojo de un colegio, lo que le valió entre los militares y vecinos el apodo de “la que manda”. No lo niega: “Lo importante era actuar rápido, no mirar para otro lado”, dice. Gracias a esa relación con la UME, les pidió ayuda para organizar una carroza para los Reyes Magos en una de las zonas afectadas.
Natalia que se ha integrado perfectamente en Villena, ha desfilado con la escuadra especial del Bando Marroquí Nayyirah’s, que celebra su décimo aniversario. Y su experiencia en emergencias le ha dejado claro algo más profundo: “Esto no va de colores políticos. Va de responsabilidad, de intención real. Muchos particulares han hecho más que quienes deberían haber estado al frente desde el principio”, señala con firmeza.
La alarma de hoy, aunque sin consecuencias graves, ha vuelto a despertar miedos. Su hija Claudia, que apenas tiene diez años pero ha vivido más de lo que le corresponde, preguntó esta mañana: “¿Va a pasar lo mismo otra vez?”. Una pregunta que no solo se hace ella.
La tranquilidad aún es frágil. Pero historias como la de Natalia —madre, voluntaria improvisada, organizadora de ilusión y vecina implicada— nos recuerdan que entre el caos también crece la esperanza